Este jueves 15 de junio, cinco meses después de anunciarse
la mudanza a Los Ángeles, es la última ocasión que los Chargers tienen una relación
con la ciudad de San Diego.
Inolvidable esa mañana de jueves 13 de enero, cuando el club
anunciaba su cambio de plaza y que provocara la ira y decepción de miles de
aficionados, quienes tenían esperanzas de una solución a la falta de un nuevo
estadio. Han pasado 21 semanas y las heridas se cierran, pero no se curan.
Una partida incompleta. Pese a ser una enorme metrópoli, los
Chargers no fueron capaces de encontrar un sitio para hacer mini campamento en L.A. y optaron por
volver una vez más a Chargers Park en San Diego.
Situación rara porque el equipo ya no representaba a los
sandieguinos y seguían ligados a esta ciudad, así como un lugar lleno de
recuerdos para tanta gente.
Junior Seau era el centro de atención, LaDainian Tomlinson corría
veloz, un ex basquetbolista llamado Antonio Gates era descubierto como ala
cerrado y miles de aficionados abarrotaban las gradas en los entrenamientos de
verano.
En los balcones estaba Dean Spanos, presidente del club,
presenciando las prácticas. También se asomaban John Butler, A.J. Smith o Tom
Telesco desde la oficina gerencial. El
bello lobby, la sala de conferencias, el gimnasio, los vestidores, el podium, la carpa blanca, el centro
de medios, etc.
Entre ambos emparrillados caminaban Mike Riley, Marty
Schottenheimer, Norv Turner o Mike McCoy, dirigiendo los entrenamientos. En el
campo sintético estuvieron John Carney, Darren Bennett o Mike Scifres practicando
cada patada al ovoide.
Todo eso y más ha quedado en el recuerdo, pues Chargers Park
tiene las horas contadas.
El noviazgo eléctrico que comenzara el 10 de febrero de 1961
llega a su fin esta tarde de jueves.
Es el último adiós… y para nunca volver.

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