Por Manuel Zepeda
Foto: Itzel Segura
Lo más difícil en estos casos es mantener la objetividad,
porque cada persona interpreta las palabras como mejor entienda o convenga a
sus ideales o posturas.
¿Merece irse Juan Carlos Osorio de la dirección técnica de
la Selección Mexicana de Balompié? La respuesta de este lado sería: “No”.
¿Por qué no? Porque la Copa Oro de Concacaf 2017 (la
presente, la que estorba, la que no debe jugarse cada 2 años) no puede ser más
importante que la Eliminatoria Mundialista o la Copa Confederaciones.
Ya se había avisado que iría una “Selección B” a Estados
Unidos, por lo que el riesgo de no terminar en primer lugar era grande. ¿Para qué
dejarse llevar por el ego anticuado del “Gigante de la Zona”?
Con ese plantel (y dicho con el merecido respeto), mínimo
era para alcanzar semifinales. Hay que aceptarlo: cumplieron con eso.
Llegar a la Final habría sido un logro extra y levantar el
trofeo pues una hazaña. México no es como Alemania, país capaz de tener dos
equipos y no dejar de ser el favorito del campeonato.
En este momento, no hay material humano en México para
competir con dos listas. Así pongan a Osorio, Miguel Herrera, Ricardo Ferretti
o Hugo Sánchez en el banquillo, nada va a mejorar.
Eso sí, el constante cambio en las alineaciones por partido
(mal apodado “rotaciones”) no debe aplicarse en torneos oficiales. Es algo que
Osorio no va a cambiar, porque así es su estilo.
No le dio resultado en Copa América-Centenario, Copa
Confederaciones y Copa Oro, pero sí en el Hexagonal. ¿Acaso se ignora que está
a una victoria de asegurar el pase mundialista? Solamente una catástrofe de
cuatro derrotas dejarían a México fuera de Rusia 2018.
La prioridad en 2017 es (y siempre ha sido) que este país
sea uno de los 32 invitados a tierras ex soviéticas, prohibido ignorarlo o
minimizarlo.
Se debe agradecer que México compite en Concacaf y no en UEFA
o Conmebol, donde tendría mayores dificultades para sobresalir.
Y aunque no guste su manera de diseñar su 11 titular, hay
que dejar trabajar a Osorio. Comete errores pero los admite, pide perdón y
tiene capacidad de corrección inmediata. Otros, en su lugar, prefieren imponer
su orgullo egocéntrico.
Lamentablemente ahora, el “Juego Bonito” ya no vale más que
la victoria.
Pero en México es lo que hay, de todos modos alcanza y nadie queda contento.

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